El Obelisco cumple 90 años como símbolo de Buenos Aires
Inaugurado en 1936 para celebrar los 400 años de la primera fundación de Buenos Aires, el Obelisco pasó de ser una obra cuestionada a convertirse en el principal símbolo porteño. A 90 años de su nacimiento, sigue siendo el escenario de los momentos más importantes de la vida social, cultural y deportiva de la ciudad.

A 90 años de su inauguración, el Obelisco reafirma su lugar como el principal símbolo de Buenos Aires y uno de los monumentos más reconocidos de la Argentina. Lo que comenzó como una obra cuestionada y resistida por parte de la sociedad porteña terminó convirtiéndose en el escenario elegido para celebraciones deportivas, manifestaciones populares y postales turísticas que recorren el mundo.
El monumento fue inaugurado el 23 de mayo de 1936 en la Plaza de la República, en el cruce de las avenidas Corrientes y 9 de Julio. Su construcción formó parte de los festejos por el cuarto centenario de la primera fundación de Buenos Aires, realizada por Pedro de Mendoza en 1536.
El proyecto fue impulsado por el entonces intendente Mariano de Vedia y Mitre y diseñado por el arquitecto Alberto Prebisch, una de las figuras más destacadas del racionalismo argentino. Inspirado en los obeliscos del antiguo Egipto, el diseño apostó por líneas simples, una fuerte presencia visual y un estilo moderno para la época.
La construcción avanzó a una velocidad inédita. Las obras comenzaron el 20 de marzo de 1936 y el monumento quedó terminado poco más de un mes después. Con una altura de 67,5 metros, una base de 6,8 metros por lado y una escalera interior de 206 escalones, se transformó rápidamente en una de las estructuras más llamativas de la ciudad.
El lugar elegido para levantarlo también tiene un profundo significado histórico. Allí se encontraba la iglesia de San Nicolás de Bari, donde en 1812 flameó por primera vez de manera oficial la bandera argentina en la ciudad de Buenos Aires. La demolición del templo se produjo en el marco de la transformación urbana que acompañó la apertura de la avenida 9 de Julio.
Sin embargo, el Obelisco estuvo lejos de generar consenso en sus primeros años. Apenas fue inaugurado recibió críticas de arquitectos, dirigentes políticos y vecinos que lo consideraban una construcción innecesaria y ajena a la identidad porteña.
La resistencia llegó a tal punto que en 1939 el Concejo Deliberante aprobó una iniciativa para demolerlo. La medida nunca se concretó gracias a la intervención de las autoridades nacionales, lo que permitió que el monumento permaneciera en pie y comenzara lentamente a ganarse el cariño de los porteños.
Con el paso de las décadas, el Obelisco dejó de ser una simple obra arquitectónica para convertirse en el gran punto de encuentro de la ciudad. Allí se celebraron títulos mundiales de la Selección argentina, campeonatos de clubes, recitales masivos, protestas sociales y acontecimientos históricos de todo tipo.
También fue protagonista de numerosas intervenciones artísticas. Desde instalaciones de la artista Marta Minujín hasta campañas de concientización y decoraciones especiales durante los Mundiales, el monumento se adaptó a distintas expresiones culturales sin perder su identidad.
En los últimos años, además, incorporó nuevas propuestas para vecinos y turistas. La habilitación de un mirador en la cima permitió que miles de visitantes pudieran acceder a una vista panorámica inédita del centro porteño, reforzando su atractivo turístico.
Noventa años después de su inauguración, el Obelisco sigue siendo mucho más que una estructura de hormigón. Es el lugar donde Buenos Aires festeja, protesta, se emociona y se reconoce a sí misma. El monumento que alguna vez estuvo al borde de la demolición terminó convertido en el emblema más poderoso de la ciudad y en uno de los grandes símbolos de la identidad argentina.
