
A menos de 24 horas de acordar un alto al fuego de dos semanas con Irán, Estados Unidos volvió a endurecer su postura: exigió la apertura inmediata y sin restricciones del estratégico estrecho de Ormuz, clave para el transporte de una quinta parte del petróleo mundial, y anunció que el vicepresidente JD Vance encabezará las negociaciones cara a cara con Teherán en Islamabad.
La portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, confirmó en conferencia de prensa que Trump envió «a su equipo negociador, encabezado por el vicepresidente», junto al enviado especial Steve Witkoff y el asesor Jared Kushner. Las conversaciones comenzarán el sábado por la mañana, hora local, en la capital pakistaní —mediadora clave en el conflicto— y marcan el nivel más alto de interacción directa entre Washington y Teherán desde la Revolución Islámica de 1979.
Leavitt subrayó que la apertura del paso marítimo debe ser «sin limitaciones», incluyendo la eliminación del cobro de peajes que Irán intentó imponer a los buques en tránsito. «Eso está en lo más alto de la lista de prioridades para los negociadores», indicó, al tiempo que precisó que otro objetivo central es la entrega del uranio enriquecido iraní. Vance, que al momento del anuncio se encontraba en Budapest visitando al primer ministro Viktor Orbán, advirtió que la tregua es «frágil» y exigió a Irán negociar «de buena fe». «Si los iraníes están dispuestos a trabajar con nosotros, creo que podemos alcanzar un acuerdo», dijo. Pero también lanzó una advertencia directa: «Van a descubrir que el presidente de Estados Unidos no es alguien con quien jugar. Está impaciente para avanzar.»
El escenario es de extrema tensión. Informaciones contradictorias dominaron la jornada: Washington aseguró que el estrecho está «empezando a reabrirse» y reportó mayor tráfico marítimo, mientras autoridades iraníes declararon que la ruta «permanece cerrada» y amenazaron con destruir cualquier embarcación que intente cruzar sin autorización. El cierre del paso habría sido la respuesta del régimen persa a los ataques israelíes sobre posiciones de Hezbollah en Líbano, que dejaron al menos 182 muertos y más de 800 heridos —un frente que Washington explícitamente excluye de la tregua.
Desde Teherán, el presidente del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, endureció el tono: acusó a EE.UU. de haber violado ya tres de las diez condiciones impuestas por Irán para el cese del fuego, y advirtió que las negociaciones son «irrazonables» bajo esas circunstancias. «La profunda desconfianza histórica que sentimos hacia Estados Unidos se deriva de sus repetidas violaciones de compromisos», escribió en redes sociales. Por su parte, la Casa Blanca descartó de plano el plan de diez puntos presentado por Irán, calificándolo de «fundamentalmente inaceptable», y reafirmó que la línea roja de Trump —el fin del enriquecimiento de uranio en territorio iraní— no está en negociación.
Pakistán, que actuó como arquitecto del alto al fuego gracias a la mediación del primer ministro Shehbaz Sharif y el jefe del Ejército, Asim Munir, ahora deberá sostener un proceso diplomático que muchos analistas consideran el más complejo y determinante desde el inicio del conflicto el pasado 28 de febrero.
