
Menos de 24 horas después de amerizar en el Pacífico, los cuatro astronautas de Artemis II se presentaron este sábado en Houston. Hablaron de fragilidad, de familia y de lo que nadie más puede saber.
Menos de 24 horas después de amerizar frente a las costas de San Diego, los cuatro tripulantes de la misión Artemis II se presentaron este sábado ante los medios en un hangar cercano al Centro Espacial Johnson de la NASA, en Houston. El comandante Reid Wiseman, el piloto Victor Glover, la especialista Christina Koch y el canadiense Jeremy Hansen completaron el primer vuelo tripulado a la órbita lunar desde 1972, estableciendo además el récord de mayor distancia recorrida en la historia de los viajes espaciales humanos: más de 252.000 millas alrededor de la Luna. La misión, que partió el 1 de abril desde el Centro Espacial Kennedy, duró 9 días, 1 hora y 32 minutos.
En el evento también participaron Jared Isaacman, administrador de la NASA; Vanessa Wyche, directora del Centro Espacial Johnson; Lisa Campbell, presidenta de la Agencia Espacial Canadiense; y Norm Knight, director de operaciones de vuelo.
Lo que dijeron
El comandante Wiseman habló primero y sin rodeos sobre el peso humano del viaje. «No fue fácil estar a más de 200 mil millas de casa. Antes del lanzamiento, se siente como el sueño más grande del mundo. Y cuando estás ahí afuera, solo quieres volver con tu familia y tus amigos», dijo. Y luego, dirigiéndose a sus compañeros: «Estamos unidos para siempre, y nadie aquí abajo sabrá jamás por lo que acabamos de pasar los cuatro.» Cerró con una frase que resumió el tono de toda la conferencia: «Es un privilegio especial ser humano y es un privilegio especial estar en el planeta Tierra.»
Victor Glover fue más breve pero igualmente contundente sobre la dimensión de la experiencia compartida: «Haber visto lo que vimos, haber hecho lo que hicimos y haber estado con quienes estuvimos. Es inmenso.»
Christina Koch construyó su intervención alrededor de una imagen: «Lo que me impactó no fue necesariamente solo la Tierra. Fue toda la negrura a su alrededor. La Tierra era solo este bote salvavidas suspendido e imperturbable en el universo.» Koch también describió los dos momentos humanos que enmarcaron la misión: el gerente que tocó su puerta antes del lanzamiento para susurrarle que era hora, y la enfermera del buque de rescate que, al acostarla la noche del regreso, le pidió si podía darle un abrazo. «El inicio y el final fueron momentos humanos aquí en la Tierra», dijo. Y concluyó con una frase que provocó aplausos en el hangar: «Planeta Tierra, ustedes son una tripulación.»
El canadiense Jeremy Hansen reconoció algo que pocos esperaban escuchar: «No nos han escuchado hablar mucho de la ciencia, porque es la experiencia humana la que es extraordinaria para nosotros.» Hansen también describió el compromiso del equipo con lo que llamaron el «Tren de la Alegría»: «No siempre estamos en él, pero estamos comprometidos a volver a subirnos tan pronto como podamos.» Y ofreció la imagen más poderosa sobre el vínculo entre los astronautas y quienes los observan desde la Tierra: «Cuando nos miran allá arriba, no nos están mirando a nosotros. Somos un espejo que te refleja a ti.»
El regreso técnico
El descenso comenzó con el desacople de Orión del módulo europeo de servicio. La tripulación atravesó la atmósfera a 40.000 km/h, soportando temperaturas de hasta 2.760°C, más del doble de la temperatura de la lava volcánica. Durante seis minutos, las comunicaciones permanecieron cortadas. La cápsula redujo su velocidad a 523 km/h a 8.077 metros sobre el océano antes de desplegar los paracaídas. El amerizaje fue calificado por la NASA como perfecto. Helicópteros militares izaron a los astronautas uno por uno desde una balsa inflable hasta el buque de rescate de la Marina, el USS John P. Murtha.
Con su vuelo completado, los cuatro astronautas han allanado el camino para que la NASA realice un alunizaje con otra tripulación en apenas dos años y monte una base lunar en toda regla dentro de esta década.
