León XIV cargó la Cruz en el Coliseo ante 30.000 fieles: el gesto que marcó su primer Viernes Santo como Papa

Por Alejo Pombo
El hombre era el Papa. Y el gesto, según sus propias palabras, era una señal deliberada: mostrar que Cristo aún sufre y llevar en sus oraciones los sufrimientos de la humanidad como «líder espiritual hoy en el mundo».
León XIV presidió este viernes su primer Vía Crucis como Pontífice en el Anfiteatro Flavio de Roma, convirtiéndose en el segundo Papa en portar personalmente la Cruz durante todo el recorrido. El primero había sido Juan Pablo II, que lo hizo entre 1980 y 1994. Cuatro décadas después, Robert Prevost retomó ese gesto y lo cargó de un significado que sus colaboradores se encargaron de subrayar antes del evento: no era protocolo. Era una declaración.
Un recorrido entre la historia y el presente
Las catorce estaciones del Vía Crucis se distribuyeron entre el interior y el exterior del Coliseo: cinco dentro de la antigua arena, nueve afuera, bajo el cielo nocturno romano. Prevost estuvo acompañado en todo momento por dos jóvenes portadores de antorchas, por el Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias, monseñor Diego Ravelli, y por el cardenal vicario de Roma, Baldo Reina.
Las meditaciones que guiaron el recorrido fueron escritas por el padre Francesco Patton, fraile menor y ex custodio de Tierra Santa, quien cruzó el camino hacia el Gólgota con los conflictos del mundo contemporáneo. «El Vía Crucis no es el camino de quien vive en un mundo de devoción abstracta», escribió Patton, «sino el ejercicio del que sabe que la fe, la esperanza y la caridad deben encarnarse en la vida real, donde el creyente es continuamente desafiado.»
Al final de cada estación, los 30.000 fieles rezaron el Padre Nuestro y entonaron estrofas del Stabat Mater, el himno medieval que contempla a la Virgen de pie junto a la Cruz.
El mensaje que el Papa eligió dar
León XIV llegó a este Viernes Santo en un contexto que él mismo eligió no ignorar: guerras activas, fracturas sociales, incertidumbre global. Su catequesis no fue verbal sino corporal. Estación tras estación, con la Cruz al hombro, ofreció lo que sus colaboradores describieron como una «catequesis silenciosa»: la asunción tangible del sufrimiento colectivo elevado al misterio de la redención cristiana.
La oración con la que cerró el Vía Crucis, inspirada en San Francisco de Asís, sintetizó esa lógica con una precisión que no necesita traducción teológica para ser comprendida: «Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, danos a nosotros, miserables, hacer por ti mismo lo que sabemos que tú quieres.»
Un Papa nuevo, una Cruz antigua y un mundo que, según él, todavía las necesita a ambas.
