El Cine Siempre Paga II: los exhibidores.
Columnista:Pablo Perel
17 de febrero de 2012: En la nota publicada hace dos semanas (ver El Cine Siempre Paga) nos preguntamos desde el punto de vista de los productores cinematográficos, si el cine es un buen negocio o si eso sólo vale para los grandes estudios de Hollywood. En este artículo intentaremos aproximarnos a una respuesta desde el punto de vista de los exhibidores, dueños, programadores y administradores de salas cinematográficas.
Para ubicarnos en el mapa de “los cineros” en Argentina debemos comenzar por conocer las diferentes categorías en que se desenvuelven. A primera vista vemos cuatro “tamaños” diferentes de cines: la primera categoría está integrada por los complejos cinematográficos, o cadenas de complejos, que son propiedad de corporaciones, con gran capacidad económica de inversión y con acceso a los títulos de mayor taquilla, lo que les permite realizar estrenos simultáneos en decenas de pantallas y garantizarse la prioridad para exhibir los ‘tanques’, éxitos de Hollywood que llegan con un importante andamiaje publicitario y promocional; la segunda categoría contiene a las cadenas más pequeñas y salas independientes, llamadas también “cines de arte”, que privilegian el acceso a producciones de mayor valor artístico pero menor o nulo aparato de marketing, y que en ocasiones tratan de balancear sus cuentas echando mano con segunda prioridad y estreno tardío a producciones hollywoodenses o europeas que suman a su potencia comercial algunos valores artísticos; en tercer lugar se encuentran los Espacios INCAA que desde el estado les facilitan el estreno a películas argentinas y abarcando el territorio nacional, al mismo tiempo que ofrecen entradas a valores inferiores a los privados; y finalmente encontramos una cantidad creciente de pequeñas salas y ciclos organizados en teatros, museos, centros culturales, espacios comunitarios y demás, algunos de manera formal y otros informalmente e incluso a veces sin siquiera respetar los derechos de productores y autores, y que en el volumen total ya representan un número de butacas que no se debería desestimar.
De estos cuatro grupos, a lo largo de los años hemos visto nacer y crecer a tres de ellos, mientras que uno se encuentra en franca decadencia, atravesando hace años una crisis que ya se hizo crónica y que empeora día a día. Se trata del segundo grupo, las salas independientes y pequeñas cadenas de “art-houses”. En tanto los extremos del espectro tienen quien los proteja, los independientes han quedado sumidos en el más penoso desamparo. Las cadenas de complejos cuentan con el soporte de anchas espaldas de sus corporaciones y de las distribuidoras hollywoodenses; los Espacios INCAA no dependen de las recaudaciones sino del impulso y desarrollo que les brinde el estado, y los pequeños exhibidores institucionales, formales e informales, no tienen gran cosa que perder.
Un claro y reciente ejemplo de esto ocurrió el pasado lunes 6 de febrero, en la ceremonia de entrega de premios FIPRESCI Argentina. El galardón a la mejor película extranjera fue otorgado a “Morir como un hombre”, de João P. Rodrigues. El premio fue recibido por la empresa que distribuyó la película en Argentina: 791 Cine. Al subir a recibir el premio, Claudina Morgulis en representación de la distribuidora, anunció con contundente elegancia el cierre de la compañía. El motivo fue resumido en una sola frase: “Cerramos porque fracasamos”, pero los argumentos que sustentaron esa decisión fueron demoledores: a lo largo de siete años, 791 Cine lanzó al mercado local una cincuentena de películas de autor de todo el mundo, incluyendo argentinas, con directores del calibre de Lars Von Trier, Richard Linklater, Asia Argento, Anahí Berneri, Marco Berger y muchos más. Estos films intentaron incursionar en las salas cinematográficas, pero los más que insuficientes resultados los llevaron a saltar directamente a ediciones en DVD. El resultado: bajadas ilegales, copias inescrupulosas por parte de piratas y hasta de algunos videoclubes. Y 791 Cine no es la única empresa que ha decidido retirarse o que está tambaleando empecinadamente.
Si los distribuidores de cine de arte y cine independiente corren esa suerte, no será muy diferente la de los exhibidores que quieran dedicar sus pantallas a ese cine. Tanto distribuidores como exhibidores han caído en la misma trampa: la concurrencia de una centena de miles de espectadores en sólo 10 días al BAFICI, el festival de cine independiente de Buenos Aires, que hace pensar en la existencia de un público que el resto del año también desea y elije ese tipo de cine. Y puede ser que lo elija; lo que no parece es que esté dispuesto a pagar por él. Si es cierto que el público siempre tiene razón, entonces el cine independiente debe dejar de existir, pero si deja de existir, ese mismo público que le da la espalda es el que va a salir a protestar.
Entonces, para concluir, retorno a la pregunta original: ¿Es negocio tener un cine?
La respuesta es: si usted va a invertir en un cine digital en serio, con capacidad 3D, butacas anchas, mesitas para beber y comer, servicio de catering y gourmet durante la función, canastos de pochoclo a la venta, y se asegura los estrenos de los ‘tanques’ de Hollywood en su pantalla, entonces sí, abra una cuenta de banco bien grande con total tranquilidad, pero si lo que a usted le interesa es reproducir todos los días la ceremonia de ver buen cine de grandes autores, las nuevas producciones, en la oscuridad de una tradicional sala de cine, entonces usted es un verdadero amante del cine y tiene alma de mecenas. Que Dios y el Cine lo bendigan.















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