Cine y TV: Industria Argentina de Exportación
27 de enero de 2012: Cuando se habla de Los Beatles como un fenómeno artístico y comercial que cambió la música popular de medio planeta, se suele mencionar como factor decisivo una legislación que se promulgó en ese momento en Inglaterra y que obligó a las radios a emitir un 50% de música local. En poco tiempo el mundo entero marcaba el ritmo al son del beat y del pop británicos. Pero a nadie se le ocurrió decir que esa ley había sido un “apriete” a las empresas musicales y emisoras radiales.
De igual manera, cuando tras la Segunda Guerra Mundial, países como Italia y Francia legislaron que la mayor parte de lo recaudado en sus salas de cine locales por películas de Hollywood, debía permanecer en el país en que fueron vendidas las entradas, ningún empresario salió a decir que lo estaban “apretando” sino que por el contrario, a causa de esta medida los estudios de Hollywood debieron invertir sus ganancias en el país huésped y gracias a ello surgieron laboratorios enormes y muy célebres, como Technicolor de Italia, grandes estudios de cine y producciones cinematográficas que hoy son films clásicos bellos, inobjetables y patrimonio de la cultura universal.
Sin embargo, cuando el Secretario de Comercio Interior de Argentina cita a productores y distribuidores para señalarles la necesidad de, al menos, compensar la balanza de importaciones y exportaciones de Cine y TV, algunos se rasgan las vestiduras y dicen haber sido “apretados”, en lugar de pensar que el Estado Argentino subsidia producciones con las que los empresarios pueden abrir una nueva y próspera línea de negocios internacionales.
En cualquier rama de la producción, un Estado puede subsidiar parcial o totalmente una actividad, sus insumos, mano de obra, costos o brindar beneficios tributarios con el fin de aumentar la competitividad en el mercado internacional. Una buena parte del cine y la TV que se producen en Argentina reciben subsidios estatales, pero no con el fin de reducir precios sino para fomentar que exista una producción y que ésta no sólo satisfaga las necesidades del mercado interno sino que también se pueda exportar.
Otra notable particularidad de los subsidios audiovisuales del Estado Argentino es que en el caso del cine, los fondos de estos subsidios salen de la propia actividad, proviniendo de los impuestos que generan las exhibiciones y emisiones de cine en el país. Es decir, no se quitan recursos de otras áreas sino que la autarquía del INCAA (Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales) le permite disponer de aquello que recauda.
Si no existieran estos subsidios, los distribuidores y agentes de ventas se verían obligados a invertir en pre-ventas, adelantos de distribución y financiamiento de producción para contar con películas para vender. Si bien existen producciones que no apelan a estos subsidios, son una minoría y sus presupuestos de producción y distribución son tan magros que sólo logran ingresar tímidamente al mercado internacional en base a puro esfuerzo personal, simpatías personales y una alta dosis de fe, pero la mayor parte de la producción de cine argentino y la totalidad de producciones de la TV Digital Argentina son posibles merced a estos subsidios.
Aquí es donde no se entiende la queja de los empresarios locales. Por supuesto que es mucho más fácil dedicarse a llenar salas de cine locales con los éxitos ya consagrados de Hollywood y alrededores, recibiendo todo resuelto, desde la película hasta las diversas piezas de marketing, arte gráfica y material de prensa, pero esto es también renunciar de cuajo a la mitad de una actividad comercial que incluye tanto a las importaciones como a las exportaciones.
Los ejemplos que dictan los mayores centros de producción, así como los que la misma Argentina disfrutó en su “época de oro y teléfonos blancos”, sumada a la ola de telenovelas y series infanto-juveniles de la última década del Siglo XX y la primera del Siglo XXI, demostraron que la rentabilidad de una producción se define ciertamente en el mercado externo. Por esta razón, deberían ser los productores de Cine y TV los primeros en “apretar” a distribuidores y agentes de venta para que ofrezcan con eficacia sus producciones en el exterior.
Por supuesto que no se trata de soplar y hacer botellas ni de llenar una valija de DVD’s y tomarse un avión al primer mercado audiovisual que figura en el almanaque. La venta internacional es una profesión en sí misma; diría que es el nivel cuaternario de la industria audiovisual, el que más conocimientos requiere. Por este motivo se debe apelar al saber y la experiencia de los escasos profesionales de la especialidad y no enviar improvisados a pasear por los glamorosos pasillos de Cannes, Biarritz o Guadalajara.
Se dice que Dios aprieta pero no ahorca. Y a Dios le agradecemos todos los días. La industria audiovisual debería hacer lo mismo con Guillermo Moreno y todos los funcionarios que insisten en que los empresarios audiovisuales acepten esta oportunidad que se les ofrece como regalo.
Por Pablo Perel















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